Las voces de los que siempre lo sabían

Artículo de opinión sobre los euro-oportunistas.

, de Andreas Westhues

Las voces de los que siempre lo sabían

Cuando nace un nuevo proyecto, sus creadores suelen encontrarse con dos diferentes clases de personas. Entre los primeros están los que dan su apoyo a la nueva idea y a las personas que tienen el valor de arriesgarse e iniciar nuevos caminos. Muchos proyectos tienen sus momentos de gloria, pero hasta llegar ahí, a sus impulsores no les falta compañía que suele ser de la segunda clase de personas. Son los que aparecen en los momentos de dificultades con sus mensajes de “que siempre lo sabían”, que “todo esto era previsible”, que “esto no podía funcionar”, “ya se sabía”, etc.

Algo parecido ocurre con el proyecto europeo. Robert Schuman, Ministro francés de Asuntos Exteriores, presentó el 9 de mayo de 1951 un plan para la mayor cooperación, que sirvió de base para el Tratado de la primera de las Comunidades Europeas, la Comunidad Europea del Carbón y Acero (CECA), formada por Francia, Alemania Occidental, Italia, los Países Bajos, Bélgica y Luxemburgo. Su objetivo era conseguir un contexto de paz y estabilidad en Europa, a través de la cooperación económica. Sucesivamente, se ampliaron las comunidades y tratados, se trasladaron más competencias a las instituciones europeas y se adhirieron nuevos países miembros. En 1993 entró en vigor el Tratado de Maastricht, con el lanzamiento de la Unión Europea, y la Unión Europea Monetaria en 1999. En 2001 entró en vigor la nueva moneda, el Euro, querido por unos y odiado por otros. Actualmente, la UE se compone de 27 países miembros y hay varios países en lista de espera.

Uno de los principios es la supranacionalidad,que describe el traspaso de competencias a instituciones europeas y conlleva la pérdida de soberanía en estas áreas por parte de los países miembros. Ejemplos son la Política Agrícola Común (PAC), la recaudación de impuestos a productos que proceden de países de fuera y la política monetaria que ahora está en manos del Banco Central Europeo. Gracias a este traspaso de competencias, la Unión Europea es un proyecto único en la historia, dado que ni siquiera la Organización de Naciones Unidas se rige por este principio.

Desde sus inicios, el proceso europeo ha estado marcado por altibajos, acompañado por enormes críticas hacia las instituciones europeas, pero al margen del disenso, ha sido un proceso de convergencia. Ya desde el principio surgieron muchas dudas sobre la configuración de la Unión Monetaria. Todo Estado soberano dispone normalmente de dos conjuntos de medidas para actuar ante las oscilaciones económicas: • medidas fiscales (subir o bajar los impuestos según el ciclo económico, encargar más proyectos públicos o reducirlos, conceder o anular subvenciones, etc.), y • medidas monetarias (aumentar o reducir la cantidad del dinero en circulación, bajar o subir los tipos de interés, etc.).

La Unión Monetaria cuenta solamente con el segundo conjunto, las medidas monetarias, puesto que las medidas fiscales han permanecido siempre en manos de los Estados socios. Un grave error, como han advertido economistas prestigiosos, como Paul Krugman o Joseph Stiglitz. Con el inicio de la crisis financiera, que tuvo su origen en el sistema bancario estadounidense y no en la “mala gestión” de los países europeos, los fallos estructurales quedaron más visibles porque las consecuencias fueron diferentes en cada país. La necesidad de apoyar a diferentes países al borde de la quiebra dejó patente este fallo estructural de nuestra Unión Monetaria.

Alemania, como impulsor de la idea de la Unión Monetaria y por ser el mayor país prestador del Eurogrupo, trató de corregir este fallo de alguna manera imponiendo sus exigencias de introducir reformas en los países. Reformas que afectan sobre todo al gasto público (del paquete de medidas fiscales) y a la administración pública. En contraste con Portugal e Irlanda, en el caso de Grecia la opinión pública se ha dividido claramente. Unos acusan a Alemania de aprovechar su posición económica para imponer su política de austeridad a cambio de conceder más créditos, mientras otros culpan a Grecia de despilfarrar el dinero. Tengo mi opinión al respecto, pero no es a lo que voy hoy. Como decía al principio, en estos momentos críticos vuelven las voces que “siempre lo sabían mejor”. Por su estilo, algunasrecuerdan mucho a los «debates» en Sálvame.

Pero afortunadamente hay analistas que siempre han apoyado la idea europea, aunque se muestren muy críticos con algunos aspectos, especialmente con el rumbo que parece tomar la Unión Europea ahora: hay quienes aseguran que Tsipras fracasó por sus ambiciones, a pesar de contar al principio con mucho apoyo en Europa. Otros advierten de la mezcla tóxica entre medidas de austeridad que impiden cualquier crecimiento por un lado y la necesidad del mismo para hacer frente a las deudas por otro lado.

El acuerdo que se firmó el 15 de julio, incluye varias medidas como reducir y despolitizar la administración pública, pero también la creación de una sociedad fiduciaria en la que entran bienes públicos, una medida que se había aplicado ya después de la unificación alemana en la parte oriental con la “Treuhandantalt”. Esta agencia recibió muchas críticas por cerrar empresas viables o venderlas a precios irrisorios. La cuestión es siempre, ¿quién adquiere en las subastas estos bienes que son considerados “económicamente inviables”? En mi opinión, sobre las medidas se puede discutir. Lo que queda fuera del lugar, es la manera en la que el Eurogrupo - no sólo Alemania - ha tratado a su socio, tal como se plasma en el documento oficialde la cumbre.

Yanis Varoufakis, anterior Ministro de Finanzas, ofreció una reflexión interesantesobre la encrucijada en la que Europa se encuentra en estos momentos. Pregunta a los europeos directamente si aprobarían un traspaso de competencias de facto a instituciones como el Eurogrupo sin legitimación democrática, o si Europa podría dar un paso más hacia una federación, parecida a los Estados Unidos. Desde luego, la idea no es nueva, pero hasta ahora los Estados miembros se han mostrado bastante reacios a este paso. Ernest Renan, filólogo e historiador francés resaltó ya en en 1882 en su famosa conferencia ¿Qué es una nación?, en la Sorbonne, la importancia de superar el concepto de nación a favor de una mayor integración europea.

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